No les había contado, pero ya chupé faros de aquí, y ahora estoy, obra y gracia de Dios, en Lo prosaico, mi nuevo blog.
No les había contado, pero ya chupé faros de aquí, y ahora estoy, obra y gracia de Dios, en Lo prosaico, mi nuevo blog.
El cuento diez de los doce que deberán ser los elegidos del I Concurso de Cuento Corto Rodeo de Palabras, finalistas de donde habrá de salir el tremendo ganador, es este, de Luis Miguel García-Velázquez (Zamora, Michoacán, 1977), cuentista por vocación y poeta de ocasión radicado en la capital de su estado, Morelia.
EL OBJETO DEL DESEO
Por Luis Miguel García-Velázquez
Adriana se enamoró perdidamente de su tostador de pan. Por las noches no podía dormir de la impaciencia que le producía verlo al día siguiente, durante el desayuno. Para tranquilizar sus ansias habría sido suficiente con levantarse de la cama, ir a la cocina y hacerlo trabajar con el pretexto de un bocadillo de medianoche. Pero no era cosa de importunarlo por tonterías.
Cada mañana daba inicio a la ceremonia de arreglarse, pensando en que se encontrarían muy pronto, frente a frente. Al salir de bañarse desempañaba el espejo con un asomo de rubor en las mejillas: no podía evitar imaginarse que era la superficie cromada del aparato quien veía su desnudez y no el espejo. Se vestía y peinaba con especial cuidado, su maquillaje siempre era casual, pero como para una cita: tampoco no era cosa de que él se diera cuenta de lo que ella sentía.
Cuando ya estaba lista, le sobrevenía un ataque de nervios. Paralizada frente al reloj despertador, Adriana veía cómo el tiempo se le iba agotando: apenas quedaban minutos suficientes para un rápido desayuno. Movida más por la angustia de llegar tarde al consultorio, que por su propia voluntad, conseguía armarse de valor suficiente para andar el camino de su cuarto a la cocina y entrar orgullosamente en ella, con paso firme.
Entonces, todo se volvía torpeza. Se le caían el pan, la mantequilla, los cubiertos… los momentos se le iban entre limpiar el desorden y desordenar de nuevo. Felizmente, toda aquella angustia valía la pena porque terminaba en ese instante, el sublime instante de ir hacia la mesa y acariciar a su amante –con un dejo de descuido, como a la pasada– en lo que ella se describía a sí misma como “un inocente saludo”.
Terminado el protocolo, charlaba un poco con él mientras le introducía el pan –con suavidad– y lo hacía funcionar. Él siempre fue un caballero, más que arrojarle las rebanadas, las hacía saltar graciosamente, con coquetería. Después del intenso acto sexual, ella estaba llena de energía para enfrentar el trabajo con una radiante sonrisa.
La pareja funcionó de esta feliz manera durante varios meses, hasta que una mañana –una fatídica mañana de junio– el tostador se apagó con los panes dentro. La primera reacción de Adriana fue de sorpresa; la segunda, de incredulidad. La tercera fue correr a revisar que el enchufe estuviera correctamente en su lugar y –hay que decirlo– la cuarta y la quinta habrían sido mucho más efectivas si ella, en vez de ser veterinaria, hubiera sido técnica electricista.
La repentina llegada de la viudez resultó un golpe muy duro: el aviso de un sinfín de mañanas tristes, de solitarios desayunos sin ilusiones ni pan tostado. Ese triste día de junio no fue a trabajar, simplemente se quedó sentada a la mesa, mirando, sin atreverse a tocar el cadáver inerte. Llegada la noche lo tomó entre sus brazos y lo llevó a su cuarto; arropada con él en la cama, Adriana veló fielmente al objeto de su amor.
Al amanecer del siguiente día todo era más claro. De pronto el absurdo de la historia de amor entre una mujer y un electrodoméstico alcanzó su dimensión real y nuestra protagonista sintió que recuperaba su lucidez con el aire fresco de la mañana. Tuvo un poco de vergüenza consigo misma, pero se alegró de abandonar el trance que aquel aparato ejercía sobre ella. Sintiéndose liberada, Adriana se decidió a borrar los malos recuerdos y recuperar con mano firme el control de su propia vida.
De cualquier manera, lo enterró en el jardín. Tampoco era cosa de cargar para siempre con un amante insepulto en la conciencia.
Nohemí Hinojosa (1973), de Monterrey, Nuevo León, ajúa, pasa a la segunda etapa del I Concurso de Cuento Corto Rodeo de Palabras, que se acerca peligrosamente a su fin.
VOLVER A VERTE
Por Nohemí Hinojosa
Ayer te vi. Iba en mi carro, tú caminabas por la calle. Me pasé en amarillo por seguir tus pasos. Una mezcla violenta de miedo, desconcierto y alegría se alojó en mi pecho. Se me llenaron los ojos de lágrimas y la garganta de silencio. Toda saliva se fue de mi boca y todo aliento abandonó mis pulmones. Llevabas la misma ropa con la que te vi por última vez, ese tu uniforme de guapo, como tú le decías.
Entraste a una zapatería. ¿Tú comprando zapatos? Me estacioné para no perder detalle de tus gestos. Pensé que te había confundido con alguien más, pero el tic que aparece en tu mejilla cuando gastas dinero en cosas innecesarias, tacaño irredimible, me confirmó que eras tú.
El momento ameritaba un cigarro. Busqué en mi bolsa, desviando la mirada de tu fi gura. Al volver la vista a la tienda, ya no estabas. Pregunté por ti, dijeron que no esperaste ni la feria y que aunque parecía que tus pies eran más grandes pediste un número más chico y te quedó perfecto. Me indicaron por dónde te fuiste. Di varias vueltas a la manzana, pero no pude encontrarte. Tal vez tomaste el primer taxi que viste. Tal vez cruzaste la calle.
Un encuentro común, nada digno de comentarse. Te veo, te pierdo de vista y de ello no hay nada rescatable. Así es y así sería, si no fuera porque hace un año, cubierto de magnolias y nardos, en aquel cementerio te dijimos adiós.
Guionista de cine y hermosillense de mera nacencia (radicado desde siempre en la ciudad de México), Carlos Alvahuante (1978) pasa con este texto a la final del I Concurso de Cuento Corto Rodeo de Palabras.
LA ESPERA
Por Carlos Alvahuante
Viuda, como todas las noches, te levantas de la cama luego de haber estado contemplando durante varias horas el retrato de tu insomnio en la pared. Te diriges hacia el baño apoyándote en los muebles y en la oscuridad. Enciendes la luz. Hasta después de unos segundos eres capaz de distinguirte en el espejo. Te miras a los ojos. Sólo a los ojos: tu rostro, ajado y hermoso, ha dejado de importarte. Mientras esperas a que se llene la tina aprovechas para orinar. Quitas el cuchillo que está sobre el excusado, abres la tapa y te sientas con movimientos inseguros. ¿En qué estás pensando? Tu mirada se afianza en el vacío. Al lavarte las manos te das cuenta de que el vapor ha escondido tu reflejo. Mejor así. Compruebas la temperatura del agua en la tina y, con la mano aún mojada, cierras la llave. Te quitas el camisón. Te desnudas por completo y sin embargo te vistes con los brazos. ¿Por qué? Tiritas aunque sabes que no hace frío, aunque sabes que el vapor ha templado el ambiente.
Decides, como todas las noches, que ya es hora. Te recargas en la pared y metes un pie en la tina. Estás llorando. No es sino hasta que te sumerges cuando despegas los brazos del pecho a pesar de que el agua, en lugar de cubrirte, agranda la fragilidad de tus contornos. Pero no pareces querer reflexionar sobre esta curiosa contradicción en tu forma de entender y manejar el pudor. No ahora que estás llorando en silencio, con la cabeza baja y el grito rechinando entre los dientes. Respiras hondo.
Te estiras para tomar el cuchillo. Examinas tu muñeca izquierda. Colocas la punta del cuchillo sobre la punta de la costra que, como todas las noches, no ha alcanzado a cerrarse por completo. ¿Qué tanto piensas? Respiras todavía más hondo y sueltas el aire enrarecido por los sollozos. ¿Qué esperas? El cuchillo rebana los minutos como un péndulo sin rumbo. ¡¿Qué esperas?! Te miro de cerca, de frente y pongo mi mano sobre la tuya. Gritas. El cuchillo comienza a hundirse. Grito, aunque no me escuches. Casi al instante jalas el cuchillo hacia arriba.
Una gota de sangre, diminuta, insuficiente, cae en el agua.
–Lo siento –dices con los ojos cerrados, como si esa fuera la única manera en la que pudieras verme. O como si esa fuera la única manera en la que pudieras dejar de verme.
Me gustaría decirte que yo también lo siento, que no debí presionarte, que no debí tocarte. Pero, como todas las noches, me quedo en silencio, en la dolorosa eternidad de la espera.
Por su prosa amena y desenfadada, pero que a la vez delata el oficio narrativo de su autora, Beatriz Pimentel (ciudad de México, 1984), este cuento es el séptimo elegido de los doce que habrán de ser los finalistas del I Concurso de Cuento Corto Rodeo de Palabras.
INTUICIONES
Por Beatriz Pimentel
Estaba él sentado, esperando sin saber qué. El parque lo acompañaba, con su viento, sus hojas, su desolación. Hasta los perros se olvidaron de ir a husmear la basura. Parecía el mundo entero girar alrededor del hombre.
Había decidido usar corbata y pantalón gris para verse distinguido, sombrero verde entre los dedos para darse un toque humorístico, y tendido a su lado, paciente, un chaquetón en vez de saco, quizá para no parecer viejo. Respiraba lento, mirando a ambos lados, manteniendo el rostro apacible, seguro de que lo esperado aparecería pronto.
–Ella vendrá – decía.
Quién sería "ella", ni él mismo estaba seguro. Sólo sabía que al terminar la jornada laboral había tenido un presagio: debía esperar en alguna banca del parque, algo, no sabía qué. Supuso que con tal ambientación la espera traería una mujer, esa que ansiaba desde hacía tanto tiempo.
Hasta la imaginaba: natural, alegre, con tacones resonando en las piedras, o sin tacones, usaría mocasines, se reiría de la corbata y lo convencería de no volverla a usar nunca, notaría el sombrero, recordando noches de danzón, y moriría por revivirlas con ese hombre de chaqueta tan juvenil. ¡Qué bonita será! Y cómo la querrá él.
Hablaba en voz alta, con sus manos, sus pies, sin darse cuenta. Pasaban las horas y nadie llegaba, sólo la noche.
Hizo frío y el hombre se puso el chaquetón. Su cara comenzaba a transformarse en melancolía; sin embargo, seguía firme la intuición en su mente: algo tenía que ocurrir. Ya se sabe que los presagios suceden siempre por una razón y bajo ninguna circunstancia se deben ignorar, aunque sólo causen la ruina.
El hombre empezó a preguntarse con timidez si no estaría protagonizando una de tantas historias donde la espera se vuelve una vida. Qué aburrido, uno más que se ilusiona en vano y a lo único que llega es a su triste final. Analizó detenidamente la posibilidad de abandonar su puesto y regresar al mundo real, donde los presagios no son más que fantasías de un viejo abandonado y triste o de una mujer de expectativas frustradas, quizá fuera una de esas la que vendría hoy a su encuentro.
Resoplando con cada vez más desesperación, consultando el cielo en busca de la hora, el hombre no se dio cuenta de que alguien ya se había sentado a su lado. De repente sintió la tibieza de una respiración sobre sus manos. Se volteó, sorprendido: sobre su regazo había instalado medio cuerpo una gata amarilla y gorda que lo miraba con ojos entrecerrados. Gata de viuda, pensó el hombre.
Tomó el animal y lo alzó sobre su pecho, la gata comenzó a ronronear apoyando suavemente una de sus patas en la mejilla del hombre.
–¿Eres tú lo que vengo a buscar? ¿O vienes a esperar también?
Optó por lo segundo, dejó que la gata se sentara a su lado y aguardaron juntos. Esta, como si hubiera entendido la misión, paró las orejas y se puso a escrutar el parque.
Pasada otra hora, cayendo el ocaso en noche cerrada, el presagio del hombre comenzó a tornarse en sabia preocupación: no era prudente quedarse tanto tiempo y tan tarde en un lugar solitario; vaya, después de todo, sabrá Dios cuánta gente descarrilada vendría a importunarlo con asaltos o incluso a hacer cosas raras en el refugio de la oscuridad. Además, quién sabe si a su mujer perfecta le gustarían los animales. Quizá de ver a la gata se habría alejado sin siquiera dirigirle una mirada a él.
El hombre miró a la gata con recelo: esta dormía. Un prolongado suspiro del hombre la despertó. Los dos se miraron: ella con un maullido perezoso, el hombre con resignación. Arqueó las cejas y suspiró como rendido.
–Bueno –dijo poniéndose de pie con la gata en brazos–, ¿quién dice que esto no era un presagio? A lo mejor ni eres gata de viuda. Quizá el viudo soy yo y tú eres la mujer que yo he estado anhelando, la mujer de mi vida, que compartirá todo conmigo y me será fiel por el resto de sus días. Habrá que conseguirte tu cajita de arena.
De Alfredo Carrera (Morelia, Michoacán, 1984), este texto, brevísimo pero sugerente, pasa a la segunda etapa del I Concurso de Cuento Corto Rodeo de Palabras.
LA CLARIDAD
Por Alfredo Carrera
Cuando Claridad estaba sentada en la taza del baño le dio un sueño terrible, de esos que llevan la cabeza a impactarse cotra las rodillas, de los que casi nos hacen llegar al suelo por su peso. Se sintió extraña, creyó de pronto que no era su baño, que ese cuarto lo había construido su esposo por si algún día no viviera allí se acordaran de él. Su nombre en cada azulejo, en cada línea que separaba el azulejo, su foto en el cancel, su olor, ese olor tan de él (a patas, decían los hijos). Se sentía como sentada a lo alto de un peñasco, desde el cual podía observar todo: las olas que chocaban ferozmente, el horizonte iluminado por el sol enorme, a los lados expansiones infinitas de tierra y en todo estaba presente el que se había ido. La sensación de invadida y de soledad confrontadas. Cerró los ojos y se vio claramente veinte años después, en el mismo baño, cayendo como por el sueño pero sin pulso alguno, su ex marido golpeando la puerta, con sus hijos y nietos. Se vio tan claramente, que al abrir los ojos estaba empapada, no había soñado nada y quería morirse ese mismo día, en ese mismo baño.
Volando desde Barcelona, España, este cuento de la comba, que no es otra cosa que saltar la cuerda, y nostalgia y vida y agradecimiento, de Ginés Mulero Caparrós, es el ¿quinto?, sí, el quinto texto seleccionado del I Concurso de Cuento Corto Rodeo de Palabras.
SALTANDO LA COMBA CON EL ARCO IRIS
Por Ginés Mulero Caparrós
La viejita tomó con ternura la mano gruesa, arrugada y áspera de su viejito moribundo y la acarició como si fuera la primera vez. La luz del quinqué sobre la mesita de camilla iluminaba en penumbra la fotografía amarillenta de recién casados sobre un puente artificial con una laguna abarrotada de patos, de fondo el despertador oblongo que compraron en Suiza durante la luna de miel, la radio antigua, las desfasadas gafas de montura antediluviana, con cristales de culo de vaso, que servían para leer en el periódico noticias grotescas inexistentes que él inventaba para hacerla reír, la dentadura mohosa en el vaso de porcelana con agua de tres días, que tantas veces había dejado escapar palabras de aliento, de sueños utópicos, las dos cajas de medicinas inútiles, todo sobre el tapete de hilo recién lavado.
Más difusamente, como entre tinieblas, también el quinqué iluminaba el lecho, con patas de hierro, del matrimonio añejo, las zapatillas marrones afelpadas, desgastadas por el roce del tiempo, que últimamente caminaban enlentecidas por el peso de la enfermedad, al pie del camastro, la alfombrilla con restos todavía de sangre que no había podido hacer desaparecer, por mucho que frotara, tras la última arcada y, por último, aquella luz dejaba entrever, más bien imaginar, en un contrapicado tan oscuro que casi había que adivinar de memoria, la litografía del Cristo de Dalí, las artesanas cortinas bordadas por sus propias manos, de angelitos que tocaban la trompeta y el laúd, el cojín que había tenido que deshacer tantas veces, de lana, con rombos de colores, sobre el armario desvencijado, que se venía abajo por el peso de tanta ropa anacrónica de la posguerra, que no había querido tirar, y, por fin, al viejito, apesadumbrado, medio inconsciente.
La calidez del brasero quería disuadir una atmósfera irreversible, el preludio de la muerte, pero nada detendría ese tren sin estaciones. Cuántos sueños, anhelos, delirios, sonrisas, risas, expectativas, excursiones, viajes breves, hijos y, por qué no decirlo, sufrimientos se marchaban con él por la perspectiva de esos rieles de hierro. La viejita se meció en la butaca de anea y liberó sus lágrimas arracimadas: todo había terminado, sin euforias, sin frenesís, sin paroxismos, la vida real, como en un chascar de dedos, así de rápido.
Ella no sabía que en el trance el viejito había estado pensando en cómo se conocieron: parecía que fue ayer. Eran unos chiquillos, ella les pidió a los dos niños que jugaban fútbol con una pelota de gomas de pollo entrelazadas que si podían ayudarla a saltar la comba con sus cuerdas de siete colores: acababa de llegar al pueblo y no conocía a nadie para jugar.
Qué espectáculo del cielo cuando las cuerdas de colores se cruzaban y la hermosa jovencita, saltando con displicencia y técnica depurada, temía que con sus trenzas pudiera deshacer la escena romántica del arco iris en movimiento, desplegando los colores, y mirando al mismo tiempo al amor de su vida.
Cuando terminaron de jugar a la comba, ella le acarició la mano joven con ternura y él sintió cómo una hemorragia de pudor se le encaramaba a las mejillas, que todo el cuerpo se le estremecía mientras la ayudaba a hacer una madeja con el arco iris. El otro muchacho que volteaba las cuerdas era más alto y más guapo y con más labia y con más fortuna: la estuvo rondando hasta la desesperación durante muchos años, pero ella había elegido definitivamente al viejito que acababa de cerrar los ojos como su único amor, y este, eso sí lo intuía, moría feliz.
Revelador de la condición humana, una alegoría conocida replanteada desde una óptica contemporánea, “Kid patético”, de Juan Carlos Esquivel Soto (ciudad Juárez, Chihuahua, 1971) es el texto elegido de la cuarta semana del I Concurso de Cuento Corto Rodeo de Palabras.
KID PATÉTICO
Por Juan Carlos Esquivel Soto
Julio César nunca creyó que volvería a enamorarse a sus treinta y cinco años. Aunque hizo esfuerzos por resistir, terminó actuando de la misma manera, aceptando el fenómeno como algo de perenne paralelismo con su vida.
Tenía plena conciencia de su carácter enamoradizo. Incluso esa noche, con un ojo inflamado y mientras escuchaba en la lona el conteo del referee, recordaba las palabras de Ysla:
–Sólo amigos, si tú quieres, porque novios… no. Eres muy inseguro. Y muy solitario.
Lo que Ysla le dijo era cierto y él lo sabía. El detalle fue que nunca creyó que se le iba a notar.
Julio César había tratado de ser muchas cosas: policía judicial, oficial del ejército, empresario, escritor. Pero se había olvidado de ser Julio César el Hombre.
–Pues yo no pierdo la esperanza, Ysla —rogó—. Me verás crecer, y notarás el cambio.
–Y yo quiero estar ahí para verlo…
Estar ahí… ¿Habló Ysla con la misma sinceridad que mostró al rechazarlo y con la que después le dijo sus verdades? De ser así, esto agregaría un elemento más a la ya idealizada imagen que tenía de ella.
¿Por dónde empezar? Desde antes de que Ysla le diera su merecida pero necesaria sacudida verbal, Julio César se había propuesto mejorar como persona. Así que bajar treinta kilos en tres meses era un asunto sobre el cual ya trabajaba, y para ello se inscribió en el gimnasio. También se propuso retomar sus inconclusos estudios profesionales. Emprendería un negocio extra los fines de semana y socializaría con los nuevos amigos del gimnasio y de la escuela, sin importar que fueran menores en edad que él.
Ya había practicado boxeo antes, pero nunca había peleado. Solía rehuir ese tipo de cosas. Por eso ahora sí tomaba en serio la disciplina, pues necesitaba aprender a resistir los golpes –tanto los del rival, como los de la vida.
Tras algunos meses, y para sorpresa de su instructor, preguntó:
–¿Podría pelear profesionalmente?
Lógico que no tendría la misma agilidad de cuando entrenó lucha olímpica a los quince años. Muchas veces se sentó en cuclillas, aprovechando el máximo de segundos posibles para descansar, deseoso de encontrar un pretexto para detenerse, ya fuera un problema de salud o alguna lesión. Sin embargo, el recuerdo de lo prometido a Ysla lo hacía levantarse, imponerse a su mala condición física.
Y esa misma promesa lo hizo levantarse una vez más, ahora en un torneo oficial, frente al campeón del estado, entre gritos de ánimo de sus amigos y algunos admiradores, que cariñosamente lo llamaban, por ser mayor que ellos, Abuelo.
Pero sobre todo se levantó porque Ysla estaba ahí. Era ilógico, pues ella, desde la última discusión, no respondía sus mensajes ni sus correos, y tampoco contestaba el celular. Cuando llamaba a su trabajo siempre se la negaban. Pero antes de desanimarse por estos desplantes prefirió creer que Ysla, con su silencio, lo ayudaba a crecer. Por tanto, su presencia podía indicar que llegó ahí por casualidad, por invitación o incluso por verlo.
“O a lo mejor vino a ver al otro cabrón con el que estoy peleando.”
Entonces, enmedio de una ovación, reanudó el combate con mayor ímpetu, hasta que uno de sus derechazos se estrelló en la quijada de su rival, haciéndolo caer sobre sus piernas. Lo había noqueado.
Miró entonces a la tribuna. Ysla todavía estaba ahí, emocionada. No, no era novia de su rival. Julio extendió los brazos y con un movimiento de cabeza le preguntó: ¿qué onda?, e Ysla sonrió y afirmó, también con la cabeza, mientras descendía los escalones de las gradas para encontrarse con él…
Pero Julio César emprendió su camino a la calle y salió del lugar, dejando a Ysla, tal vez para siempre.
Y es que, mientras se anunciaba su triunfo, Julio César recordó la historia de aquel despechado que, tras resistir lluvia, viento y calor durante cien días afuera de la casa de su amada, decidió marcharse en el momento en el que la mujer había decidido corresponderle.
Cuando Julio César escuchó la historia por primera vez no supo entonces cuál había sido su mensaje.
Pero ahora sí lo sabía.
Por mantener el interés hasta el final, distrayendo hábilmente una hermosa prosa evocativa de la sorpresa, “Lo hecho, hecho está”, de Juan Gabriel Fuentes Santacruz (Hermosillo, Sonora, 1969) es el tercer texto en pasar a la segunda fase del I Concurso de Cuento Corto Rodeo de Palabras.
LO HECHO, HECHO ESTÁ
Por Juan Gabriel Fuentes Santacruz
Entré por la puerta como alma que lleva el diablo, jadeante y con el corazón a punto de salírseme por la boca… santía aún el temblor por todo mi cuerpo y las corvas flojas, bañado no sé si en sudor o por la lluvia… esa lluvia fina que empapa hasta los huesos y enfría el alma.
Oí carraspear al fondo de la cocina y era ella… con sus ojos impávidos y serenos, en completo silencio e inmóvil. Entonces, alcancé a balbucear casi llorando: bendición, abuela… bendición, y ella, con movimientos pausados y solemnes, procedió a hacer la señal de la cruz y murmurar con voz gutural: bendice, Señor, a esta criatura, se levantó lentamente, apoyada en su inseparable bordón, y atizó la hornilla. Un millón de juguetonas chispas iluminaron su rostro anciano y grabado por el tiempo, ese tiempo que a su paso le dejaba surcos en la cara y sabiduría a su espíritu.
Parsimoniosamente, vació la calentadora de agua en la talega de café y de inmediato la cocina se inundó de ese olor inolvidable a hogar, me sirvió una taza y tintineando la cuchara me la ofreció con sus temblorosas manos… tómala, hijo, te sentará bien, y mientras yo bebía el exquisito elixir a grandes sorbos, su voz se tornó seria, al tiempo que me decía: tendrás que irte de la ciudad, ya está lista la yegua, te puse lonche y agua, al llegar buscas a tu nino Santos, cuéntale lo necesario y dale esta carta de mi parte, ¡pero apúrate, muchacho, que lo hecho, hecho está!, y de aquí en adelante vas solo y con la bendición de Dios.
Apuré el café y salí corriendo, no sin antes besar la mano y la frente de esa santa a la que mi destino, por ser como fue, no me permitió volver a ver con vida, arrié la yegua y galopé, y tras el galope dejé mi pueblo, mi casa, mi abuela y a mi novia bien muerta.
Por la frescura de su prosa, que apuesta por un desenfado que no es gratuito sino contemporáneo, y por el reflejo de la condición humana a través de la relación de los objetos con los personajes, “Cambio de temperatura”, de Armando Vega-Gil (ciudad de México), es el segundo texto que pasa a la siguiente fase del I Concurso de Cuento Corto Rodeo de Palabras.
CAMBIO DE TEMPERATURA
Por Armando Vega-Gil
Animal de costumbres y holgazán para todo tipo de mudanza o variación, Manuel se había negado por décadas a abandonar su oscuro departamento de la Álamos, en la ciudad de México, conocido como el Jacal Hiperbóreo.
La buhardilla estaba en planta baja, rodeada de edificios y árboles llenos de plagas que atajaban cualquier rayito de sol, a más de que, metros abajo, un manto freático mantenía los cimientos de su condominio perennemente empapados.
Él le había hecho la broma a Inés de que podías dejar un litro de leche en el comedor y esta no se echaría a perder durante semanas debido a las bajas temperaturas: el secreto era no cerrar la ventanilla por la que el gato hacía sus entradas y salidas callejeras, para que las corrientes de aire lamieran sillones, platos, toallas, pantuflas y parquet con sus babas de hielo. Pero su prometida tenía una contractura crónica cuyo dolor se agudizaba con las frioleras nocturnas debido a dos huesos mal ensamblados en la espalda, y, durante la primera temporada de invierno, ella lo visitaba con chamarra doble, bufanda y un gorro andino de orejas caídas. Gripas y faringitis eran las medallas que Manuel portaba con orgullo seis veces al año, e Inés, cuando su novio la invitó a quedarse a vivir en su casa, estalló.
Meses después del primer canto del enamoramiento no quedaban rastros de aquella cita de restaurante neomexicano y botellas Santo Tomás: apenas entraron al Jacal, ella se había echado a temblar como perro de Tres Marías, y Manuel no encontró otro método para aliviar su ataque de hipotermia que meterla bajo las cobijas y volver esa madrugada de temblores un hornito de pan. Estupendo pretexto. Pero el noviazgo cumplía un año y había que sacar las pasiones del refrigerador, pues Inés se imaginaba con el brazo izquierdo atrofiado, de dedos y labios en perpetuo morado, criogenizada.
Luego de cien batallas en las que ella descubrió grietas aguanosas en los muros, moho olorosísimo tras los cuadros colgados en las paredes, ampollas de yeso en rincones y techo, mantos de salitre en el piso del baño y pelos de gato en la cama, Inés buscó un departamento soleado en la Portales. Los enormes ventanales dejaban entrar hasta la última brizna solar que anduviera vagando por la atmósfera chilanga y el calor de verano se vaticinaba de crematorio. Vivir allí fue la primera condición que, entre una larga lista y sin espacio para negociaciones, Inés impuso a su contrincante. Para colmo, el gato estuvo de acuerdo.
Herido de furia, día tras día, Manuel finge olvidar el bote de Alpura en su comedor de Ajusco y Alhambra, altos 3, para explicarle a sus amigos que, obligado a dejar su pasado hiperbóreo, el amor es un vasito de leche tibia..., tibia y amarga.
REESTRENO. Este blog es la guarida web de Rodeo de palabras, la página cultural de un diarito mexicano muy joven –tiene apenas un añito el pobre–, Expreso.
Rodeo de palabras, contrario a lo que podría pensarse, sobre todo si nunca se había parado por aquí, inició como un blog, este mismo blog, a finales de 2005. En ese tiempo publicaba cuentos de Iván Francisco Sierra, editor del Rodeo, y su agenda: presentaciones, apariciones en revistas y otros medios, proyectos… era como su sitio web oficial, como la competencia de britneyspears.com, jajaja.
Así, cuando nació la idea de editar una página cultural en el periódico donde era un miserable corrector de estilo, se dijo: ¿qué malditísimo nombre le pongo? Y, tras mucho pensarlo, un amigo lo animó a bautizarla como este blog. El 1 de octubre de 2006 el Rodeo circula, por primera vez, impreso por ahí.
Nota. En breve estarán disponibles para su descarga los PDFs de todos y cada uno de los Rodeos en este blog.
Rodeo de palabras, contrario a lo que podría pensarse, sobre todo si nunca se había parado por aquí, inició como un blog, este mismo blog, a finales de 2005. En ese tiempo publicaba cuentos de Iván Francisco Sierra, editor del Rodeo, y su agenda: presentaciones, apariciones en revistas y otros medios, proyectos… era como su sitio web oficial, como la competencia de britneyspears.com, jajaja.
Así, cuando nació la idea de editar una página cultural en el periódico donde era un miserable corrector de estilo, se dijo: ¿qué malditísimo nombre le pongo? Y, tras mucho pensarlo, un amigo lo animó a bautizarla como este blog. El 1 de octubre de 2006 el Rodeo circula, por primera vez, impreso por ahí.
Nota. En breve estarán disponibles para su descarga los PDFs de todos y cada uno de los Rodeos en este blog.